El cierre del año encuentra a los mercados financieros atravesando una etapa de transición, marcada por un mayor orden macroeconómico y una creciente selectividad por parte de los inversores. En un contexto donde el costo del capital continúa elevado y la liquidez global ya no actúa como amortiguador automático de la volatilidad, el foco se ha desplazado desde la búsqueda de retornos rápidos hacia una evaluación más rigurosa de los fundamentos económicos y financieros.
En el plano local, Argentina ingresa en una fase de definición relevante. A pesar de exhibir indicadores fiscales más sólidos que en años anteriores, el mercado aún mantiene una prima de riesgo elevada. El contraste con Brasil resulta ilustrativo: mientras Argentina muestra superávit fiscal primario y un bajo peso de los intereses sobre el producto, continúa siendo penalizada con un riesgo país significativamente mayor. Esta diferencia responde menos a los números actuales y más a factores reputacionales vinculados a la historia reciente del país.
No obstante, el escenario comienza a mostrar señales de mayor equilibrio. El ordenamiento fiscal, la mejora en el perfil de deuda y el avance en la recomposición de reservas configuran una base más sólida que en ciclos anteriores. Las recientes colocaciones de deuda y la estabilidad del mercado cambiario refuerzan la percepción de una transición hacia un esquema más sostenible, aunque todavía en proceso de validación por parte del mercado.
En este contexto, los bonos soberanos continúan ofreciendo una relación riesgo–retorno atractiva, mientras que las tasas en pesos han perdido parte de su atractivo tras la fuerte compresión observada en los últimos meses. La renta variable, por su parte, muestra un comportamiento más selectivo, con avances puntuales y un mercado que aún no convalida un movimiento alcista generalizado. Dentro de este marco, el sector energético sigue destacándose por sus fundamentos, su capacidad de generación de divisas y su exposición a activos reales.
A nivel internacional, el escenario presenta matices. Wall Street se mantiene cerca de máximos históricos, respaldado por una inflación en moderación y la expectativa de recortes de tasas por parte de la Reserva Federal en 2026. Sin embargo, el bajo volumen típico de fin de año y algunos indicadores de optimismo elevado invitan a una mayor cautela. El cambio de rumbo en la política monetaria japonesa, con una suba de tasas luego de décadas de estímulos, refuerza la idea de un mundo que transita hacia un esquema de menor liquidez estructural.
En paralelo, los activos reales vuelven a ganar protagonismo. El oro consolida su rol como reserva de valor frente a la incertidumbre monetaria, mientras que el petróleo se mantiene sostenido por factores geopolíticos y restricciones de oferta. En renta fija, los bonos del Tesoro estadounidense muestran estabilidad, reflejando un escenario de desaceleración ordenada más que de recesión abrupta.
El cierre del año encuentra a los mercados en una etapa de transición más que de expansión. La combinación de tasas reales elevadas, menor liquidez y mayor dispersión entre activos exige una lectura más fina y una gestión activa del riesgo. En este contexto, el mercado comienza a premiar la disciplina, la calidad de los fundamentos y la consistencia de largo plazo por sobre las apuestas tácticas de corto recorrido. Es en este tipo de entornos donde se construyen las mejores oportunidades para quienes logran mantener una visión estratégica y racional del mercado.
