A pocas semanas del cierre del año, los mercados financieros atraviesan una etapa de transición marcada por mayor disciplina macroeconómica y un cambio en el comportamiento de los inversores. El foco se ha desplazado desde la búsqueda de retornos rápidos hacia la validación de fundamentos, en un contexto donde el costo del capital sigue siendo elevado y la liquidez global ya no actúa como amortiguador automático.
En el plano local, Argentina ingresa en una fase clave. El riesgo país intenta consolidarse por debajo de los 600 puntos básicos, mientras que los activos financieros operan en niveles elevados, aunque sin señales claras de un nuevo rally. El mercado parece exigir mayor confirmación de la sostenibilidad del programa económico antes de convalidar precios más altos. Más que euforia, predomina una lógica de validación del orden fiscal y monetario.
Desde el frente de la deuda, las señales han sido constructivas. La colocación de un bono en dólares bajo legislación local y el éxito en las licitaciones en pesos reflejan una mejora en el acceso al financiamiento y un mayor nivel de confianza por parte del mercado. A esto se suma la recomposición de reservas y el avance en esquemas de financiamiento que permitirían afrontar los compromisos de 2026 sin recurrir a medidas extraordinarias. En este contexto, el foco comienza a desplazarse desde el equilibrio fiscal hacia la capacidad de acumulación de reservas, principal ancla de estabilidad.
En el mercado de activos, los bonos soberanos continúan mostrando una relación riesgo–retorno atractiva, mientras que las tasas en pesos han perdido atractivo tras la fuerte compresión de los últimos meses. El mercado cambiario, por su parte, se mantiene estable, con un dólar que opera sin presiones significativas y refuerza la percepción de equilibrio en el corto plazo.
En renta variable, las acciones locales muestran avances selectivos, aunque aún sin el volumen necesario para validar una tendencia alcista sostenida. Dentro de este contexto, el sector energético continúa destacándose por sus fundamentos, su capacidad de generación de divisas y su exposición a activos reales.
A nivel internacional, el escenario se volvió más complejo. La Reserva Federal inició un proceso de flexibilización monetaria, pero el verdadero cambio se observa en el retorno de la liquidez como herramienta de estabilización. La economía estadounidense muestra señales de desaceleración ordenada, mientras que Europa continúa con bajo dinamismo y Japón avanza hacia un cambio estructural en su política monetaria, reforzando la idea de un mundo con menor liquidez estructural.
En este entorno, los activos reales recuperan protagonismo. El petróleo y los metales preciosos se ven impulsados por tensiones geopolíticas y por la búsqueda de cobertura frente a la incertidumbre monetaria. El oro, en particular, consolida su rol como activo defensivo.
En síntesis, el cierre del año encuentra a los mercados en una etapa de transición más que de expansión. La combinación de tasas reales elevadas, menor liquidez y mayor dispersión entre activos exige una mirada más selectiva y estratégica. En este contexto, la disciplina, la calidad de los fundamentos y una gestión activa del riesgo vuelven a ser los principales diferenciales para la toma de decisiones de cara a 2026.
